domingo, 12 de febrero de 2017

Nuevos tiempos, nuevas Caperucitas

Es innegable el hecho de que toda sociedad humana evoluciona. Por tanto, podemos afirmar que los valores y la forma de entender el mundo varían de una generación a otra, pero en muchas ocasiones esos valores siguen vivos en las piezas artísticas de su tiempo. Y se da la paradoja de que algunas obras artísticas son capaces de reflejar sociedades muy distantes en el tiempo. ¿Cómo? Muy sencillo, porque son versionadas por artistas de otras épocas históricas y tal es el caso de Caperucita Roja.

Cuando el cuento era transmitido oralmente un hombre llamado Charles Perrault tuvo a bien publicarlo. Él creció en la Francia de finales del siglo XVII y los valores de aquella sociedad subyacen en las líneas de su obra. De igual forma sucede con la sociedad germana del siglo XIX en la versión de los hermanos Grimm. Y poco a poco diferentes artistas han ido dando modificando el cuento hasta nuestra era, principios del siglo XXI. Más de tres siglos de historia y un sinfín de versiones que reflejan los valores de tiempos remotos y presentes. 

Casi todos los occidentales hemos crecido, directa o indirectamente, con la obra clásica de Caperucita Roja. Quizás por ello me aventuro hoy a romper nuestros esquemas y presentar la versión del genial Roald Dahl. Espero que la disfrutéis.

Estando una mañana haciendo el bobo

le entró un hambre espantosa al Señor Lobo,

así que, para echarse algo a la muela,
se fue corriendo a casa de la Abuela.

"¿Puedo pasar, Señora?", preguntó.

La pobre anciana, al verlo, se asustó
pensando:

"¡Este me come de un bocado!".

Y, claro, no se había equivocado:
se convirtió la Abuela en alimento
en menos tiempo del que aquí te cuento.

Lo malo es que era flaca y tan huesuda
que al Lobo no le fue de gran ayuda:

"Sigo teniendo un hambre aterradora...
¡Tendré que merendarme otra señora!".

Y, al no encontrar ninguna en la nevera,
gruñó con impaciencia aquella fiera:

"¡Esperaré sentado hasta que vuelva
Caperucita Roja de la Selva!"

-que así llamaba al Bosque la alimaña,
creyéndose en Brasil y no en España-.

Y porque no se viera su fiereza,
se disfrazó de abuela con presteza,
se dio laca en las uñas y en el pelo,
se puso la gran falda gris de vuelo,
zapatos, sombrerito, una chaqueta
y se sentó en espera de la nieta.

Llegó por fin Caperu a mediodía
y dijo: "¿Cómo estás, abuela mía?

Por cierto, ¡Me impresionan tus orejas!".
"Para mejor oírte, que las viejas
somos un poco sordas".

"¡Abuelita, qué ojos tan grandes tienes!".

"Claro, hijita,
son las lentillas nuevas que me ha puesto
para que pueda verte Don Ernesto
el oculista",
dijo el animal
mirándola con gesto angelical
mientras se le ocurría que la chica
iba a saberle mil veces más rica
que el rancho precedente.

De repente
Caperucita dijo: "¡Qué imponente
abrigo de piel llevas este invierno!".

El Lobo, estupefacto, dijo: "¡Un cuerno!
O no sabes el cuento o tú me mientes:
¡Ahora te toca hablarme de mis dientes!

¿Me estás tomando el pelo...?
Oye, mocosa,
te comeré ahora mismo y a otra cosa".
Pero ella se sentó en un canapé
y se sacó un revólver del corsé,
con calma apuntó bien a la cabeza
y -¡Pam!- allí cayó la buena pieza.

Al poco tiempo vi a Caperucita
cruzando por el Bosque...
¡Pobrecita!
¿Sabéis lo que llevaba la infeliz?
Pues nada menos que un sobrepelliz
que a mí me pareció de piel de un lobo
que estuvo una mañana haciendo el bobo.

Roald Dahl

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